1 de noviembre
Hola, Pared.
Hoy he tenido una pesadilla. Ya tocaba supongo, llevaba mucho sin tener una. Recuerdo volver a ser una enana y a mi padre chillándome a cada herida (porque soy torpe de forma crónica) que eso no era nada. Como solía hacer. Bueno, lo importante no es la pesadilla en sí, si no que me hizo pensar. Lo sé, empecé a escribirte para desahogarme y esto no es lo que buscas ni lo que busco, pero eres libre de dejar de leer. En el mundo sobran paredes.
El caso es que lo importante no es la realidad. La realidad no tiene siquiera por qué existir. No tiene sentido preocuparse por ella. Lo importante es la percepción que tenemos de ella. ¿Qué más da si no es nada, papá? Tengo cinco años, tienes que entender que a mí esto no me duele como te dolería a ti.
Creo que todo el mundo suele olvidar eso, cuando es algo básico. Se llama empatía. Y de verdad que ojalá la gente tuviera un poquito más de eso, que nunca sobra.
¿Ves, Pared? Tú no eres real. Pero eso no importa, porque yo te percibo. Y cuando sé que estás y no estás ahí, me quito un enorme peso de encima sabiendo que alguien va a entenderme sin entenderme. Al fin y al cabo, soy humana, necesito que alguien me entienda. Aunque sea una Pared.
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