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26 de noviembre

Hola, Pared. Hacía tiempo que no te escribía. No, no estaba escribiéndole a otros inmuebles. Pero a veces olvidamos lo que nos hace sentir bien y lo enterramos en el pasado, y cuando nos hace falta nos da mucha pereza ir a por la pala y ensuciarnos, por lo que puedes suponer que estoy escribiendo por necesidad. También te ayudará a confirmarlo que mi reloj marque ahora las 2:38, aunque no sé cuándo te llegará esto. Lo de hoy no es literario, como ¿de costumbre? No, de costumbre no; ni esto fue nunca literario, aunque puede que sí un intento, ni ya es costumbre. Lo de hoy es sólo una forma de desahogo que ya nada me puede proporcionar exceptuándote. Hoy vengo a hablarte de lo estúpida que me siento cada vez que me visto, que hablo, que... en fin, hago cualquier cosa; fingiendo ser alguien que no soy. Siento que hay una pared (no va por ti, Pared), que me bloquea y no me deja salir a enseñar quien de verdad soy, como...

8 de noviembre

Hola, Pared. Hoy he vuelto a cerrar los ojos y a verte. Pero hoy todo era azul frío y había fantasmas negros pululantes. Vienen a por mí, pero no me encuentran; llevan tiempo así. Las columnas me protegían de ellos, derrumbadas, porque me escondía, pero creo que algún día se conocerán los recobecos mejor que yo y entonces... rojo. Ahora el rojo inunda mi mente. No sé que he escuchado, qué he visto, qué he olido, pero de repente todo me irrita y necesito desahogarme. ¿Tal vez la manera sería intentando cazar a los fantasmas? No creo. Son más fuertes que yo. Te vas. Y contigo el rojo, porque vuelve el triste azul. Ya ni siquiera puedes leerme, porque en ese momento no escribo. Estoy sola ante los fantasmas. Yo y mis columnas. Totalmente desigual. Entonces uno de ellos (el más pequeño) encuentra una rendija y me hace una visita. Quizá no sea violento, pero a mí me asusta. Salgo a correr. Hiperventilo. Y entonces las columnas ya no están. Estoy fuera de ellas. Sí, estoy perdida.

7 de noviembre

Hola, Pared. Me tengo miedo. Sé que cojo confianza demasiado rápido, y es una mierda querer a una persona de la que no sabes nada, pero me pasa y no puedo evitarlo. Puede que ayude que no pueda ver a una persona pasarlo mal, pero creo que va más allá, un exceso de confianza quién sabe por qué. Ya me lo decía mi padre: «no te fíes ni de tu propio padre». Sé que esas personas me pueden fallar como ya me han fallado, pero no sé qué hacer. ¿Cerrarme es una opción? Volvería a estar como antes. No sé cambiar mis sentimientos. Sólo se me ocurre aguantarme y esperar que no pase nada. Supongo que en parte soy como tú. Puedo parecer sólida, fuerte, pero un esfuerzo continuado rompe hasta a la más fuerte. Y si no, que se lo digan a la muralla de Jericó.

6 de noviembre

Hola, Pared. La perfección se parece al horizonte. No vamos a dejar de mirarlo, de admirarlo; pero tenemos que ser conscientes de que no es real. Podemos acercarnos a ellos, sí; pero ya está. No soñemos ni con rozarlos, por nuestro bien, que no vamos a lograrlo. Pero cuando sigues el camino, ya fuera del nido, hay que estar pendiente de dónde está nuestro horizonte para no pegárnosla. El horizonte es infinito, como las formas que hay de llegar a cada uno de sus puntos. Por eso en el camino nos encontramos con gente nueva y nos separamos de muchos. Es probable que ninguno vaya hacia donde nosotros, pero es bonito pasar tiempo juntos. Es un error entristecernos porque se alejen, o porque encuentren el mar (que no el horizonte). Ellos serán felices. Debemos serlo sin ellos. El horizonte, también como la perfección, pierde a la gente. Quién sabe si es por eso por lo que la gente se empeña en hacer daño a los demás, pretendiendo que les marquemos el camino con nuestra sangre. Se me ha...

5 de noviembre

Hola, Pared. Béquer nos dijo que las oscuras golondrinas volverían. Puede que no sea una golondrina, pero costando lo que cuesta salir del nido, no entiendo por qué no volar tranquilamente en libertad, por mucho invierno que llegue, visitando ya yermos páramos, ya selvas hidratadas. Lo único que importa es no volver. Estoy más en sintonía con Machado, que nos decía aquello de que al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Lo sé. El camino no es un paraíso; dista mucho de serlo. Pero no puedo permitirme, Pared, el lujo de quedarme quieta. No quiero pudrirme dentro del nido. Me recuerdo ahora a los gusanos de seda. Quiero volar ya, pero hay demasiado capullo alrededor mía. Por cierto, tengo que pedirte disculpas por haber faltado a mi compromiso estos días. El nido duele, y aunque las cartas alivian, hay días en los que ni siquiera puedes concentrarte. Pero ya estoy lo suficientemente bien como para gritar mientras corro a la copa del árbol. Espero c...

2 de noviembre

Hola, Pared. Hoy tengo una sensación rara. Tengo frío, ese frío característico de tener un resfriado. Pero no es eso lo que me pasa. Siento que ni siquiera soy capaz de llenarme a mí misma. Estoy desilusionada. A veces imagino campos lejanos y me dejo llevar por ellos, pero en el fondo sé que es la libertad que ansío y que no sé si algún día llegaré a tener. A todos nos gusta respirar en paz, pero parece ser que en nuestra sociedad eso se ha convertido en un privilegio. No creo querer seguir viviendo entre paredes. Parezco el preso que cava un túnel hacia fuera con una cuchara. Sé que no tengo oportunidades, pero sigo sin rendirme. Espero que llegues a leer mis líneas de alivio, de triunfo y de esperanza.

1 de noviembre

Hola, Pared. Hoy he tenido una pesadilla. Ya tocaba supongo, llevaba mucho sin tener una. Recuerdo volver a ser una enana y a mi padre chillándome a cada herida (porque soy torpe de forma crónica) que eso no era nada. Como solía hacer. Bueno, lo importante no es la pesadilla en sí, si no que me hizo pensar. Lo sé, empecé a escribirte para desahogarme y esto no es lo que buscas ni lo que busco, pero eres libre de dejar de leer. En el mundo sobran paredes. El caso es que lo importante no es la realidad. La realidad no tiene siquiera por qué existir. No tiene sentido preocuparse por ella. Lo importante es la percepción que tenemos de ella. ¿Qué más da si no es nada, papá? Tengo cinco años, tienes que entender que a mí esto no me duele como te dolería a ti.  Creo que todo el mundo suele olvidar eso, cuando es algo básico. Se llama empatía. Y de verdad que ojalá la gente tuviera un poquito más de eso, que nunca sobra. ¿Ves, Pared? Tú no eres real. Pero eso no importa, p...