26 de noviembre
Hola, Pared.
Hacía tiempo que no te escribía. No, no estaba escribiéndole a otros inmuebles. Pero a veces olvidamos lo que nos hace sentir bien y lo enterramos en el pasado, y cuando nos hace falta nos da mucha pereza ir a por la pala y ensuciarnos, por lo que puedes suponer que estoy escribiendo por necesidad. También te ayudará a confirmarlo que mi reloj marque ahora las 2:38, aunque no sé cuándo te llegará esto.
Lo de hoy no es literario, como ¿de costumbre? No, de costumbre no; ni esto fue nunca literario, aunque puede que sí un intento, ni ya es costumbre. Lo de hoy es sólo una forma de desahogo que ya nada me puede proporcionar exceptuándote.
Hoy vengo a hablarte de lo estúpida que me siento cada vez que me visto, que hablo, que... en fin, hago cualquier cosa; fingiendo ser alguien que no soy. Siento que hay una pared (no va por ti, Pared), que me bloquea y no me deja salir a enseñar quien de verdad soy, como algunos afortunados, entre ellos algún que otro ser que parece entenderme, me ven.
¿Quién sabe cuánto grado de culpa tiene en todo esto mi familia? Ni siquiera yo. Pero seamos sinceros, la intuición no suele fallar. Y la mía dice que mucha.
Por eso (y no sólo por eso, que no gano nada mintiendo) quiero irme lejos, como aquella golondrina que algún día te describí. Porque si has sabido leer mis cartas, querida Pared, no te estoy descubriendo nada con esta.
Creo que lo mejor será dejarlo aquí por hoy. Espero que no sea mi última misiva.
Comentarios
Publicar un comentario